El Atelier

Muschio nace de una pregunta simple: ¿qué le falta a este espacio para estar vivo?

No en el sentido literal de la biología –aunque a veces sí, literalmente–, sino en el sentido de presencia. Se trata, pues, de esa cualidad que tienen ciertos interiores de retener el tiempo, de invitar a detenerse, de hacer que quien los habita respire diferente. La naturaleza, cuando se introduce con intención y oficio, produce ese efecto. No como ornamento, sino, más bien, como argumento espacial.

Trabajamos en intersección entre diseño de interiores, curaduría vegetal y artesanía material. Cada intervención comienza por el espacio: su luz, su escala, su carácter, los materiales que lo componen, la vida que ocurre dentro de él. Antes de proponer cualquier pieza, leemos el ambiente con la misma atención con la que un arquitecto lee un plano –buscando qué está ausente, qué tensión puede resolverse, qué silencio puede volverse elocuente.

Si el espacio lo permite, trabajamos con plantas vivas. Su curaduría no se limita a elegir una especie hermosa: analizamos las condiciones reales de sobrevivencia –calidad de luz y de sustrato, fluctuaciones de temperatura, posibilidades de mantenimiento– y, a partir de ahí, seleccionamos la especie que no solo sobreviva, sino que prospere y aporte forma, textura y presencia auténtica. La maceta, el soporte y el recipiente son parte de la composición: los elegimos o los fabricamos con el mismo rigor.

Cuando las condiciones del espacio no admiten vida vegetal, diseñamos piezas preservadas. Cuadros, bonsáis, composiciones de mesa, de suelo o suspendidas, instalaciones murales. Cada soporte –bandejas, bases, recipientes– se confecciona desde cero en concreto, estuco, madera, tezontle, entre otros materiales naturales. Sobre él, construimos un paisaje: una composición que dialoga con las referencias estéticas del proyecto, que pueden ir desde la arquitectura deconstructivista hasta el neoconcretismo brasileño, desde Lee Ufan hasta Adriana Varejão, desde un jardín japonés hasta una planicie volcánica del Altiplano. El resultado nunca se repite. Aunque dos piezas compartan una influencia, los materiales naturales –el tronco tratado, el musgo preservado, el liquen, la rama– tienen su propia forma irrepetible. El proceso artesanal hace el resto.

Todo ocurre de forma ritual. Esa palabra no es metáfora: el tratamiento de cada elemento natural exige tiempo, atención y respeto por lo que ese material fue antes de convertirse en pieza. No trabajamos con productos artificiales ni plásticos. No producimos en serie. No replicamos intervenciones ajenas –podemos leer las mismas referencias, pero el resultado tiene que ser nuestro y tiene que ser único.

Lo que entregamos no es decoración. Es un objeto con historia de proceso, con intención espacial y con la irreproducibilidad inherente a lo que está hecho a mano desde materiales vivos. Una pieza Muschio no se compra para llenar un rincón, se elige porque algo en ella –una escala, una textura, una quietud particular– corresponde exactamente a lo que ese espacio necesitaba.

Esa correspondencia es lo que buscamos siempre.